Ayer no pude, pensar en ausencias. Ayer no pude hablar de desaparecer, de discursos con dolor, de discursos con amor, de discursos de perdón, de discursos de arrepentidos, de tanta gente que se empeña en que la memoria sea una mujer que se deja tirada en una cama con sábanas que hay que cambiar. Ayer, ayer no pude. Y hoy no es mejor, pero cronológicamente es una posibilidad para mí que no me paraliza, que no me ata las muñecas, que no me cierra la garganta, que no me opera la conciencia. Hoy puedo. Hoy creo. Hoy espero aprender que la tinta y el papel son usadas por todos, por los que olvidan, por los que no, por los que tienen algo que decir, por los que sólo tienen que ocultar, por los que dispararon, por los que recibieron, por los que vieron, por los que no dejan de mirar, por los que cierran los ojos, por los que no vieron pero saben, por los que saben y no quieren ver, y por los que prefieren creer que la vida seguirá su curso.
"Cuando me hallé ante la gran puerta exterior del Rokuonji, mi corazón latió con fuerza, como era lógico; iba a contemplar la cosa más bella del mundo"
Mishima, Yukio; El pabellón de oro
Llegó de regalo. Difícil de conseguir, por cierto, pero ahí estaba. Envuelto, dedicado, todo para mí. Toda la memoria de un acontecimiento irrepetible se abrió una vez más al desgarrar el papel. Recuerdo haber leído las palabras de Marguerite Yourcenar acerca de él, y quedar conmovida sin saber. Recuerdo haber estado ahí, como cortada de otra fotografía y pegada luego, al fenomenal e irreal paisaje. Pero de verdad, estuve, estuvimos ahí. Sí, tuvimos, tenemos, tendremos siempre, la prueba, nuestro “esto ha sido” atascado en nuestra experiencia. Demasiada belleza para contemplar de una vez, y no querer cegarla, a modo de preservación, de autosalvataje interior. Una belleza demasiado cruel. Imposible, secretamente imposible de tolerar. Ashikaga Yoshimitzu, tercer shogun, decide finalizar sus días en un bello palacio que manda construir en el año 1397. Luego de su muerte, y siguiendo su expreso pedido, el palacio es convertido en un monasterio zen. El paisaje físico de emplazamiento es étereo: hacia el norte, las montañas de Kunigasa, hacia el sur, un bello estanque, el estanque espejo (Kyooko-chi). Imposible. Imposible decidir hacia dónde mirar, secretamente imposible decidir qué imagen es la verdadera (¿importa?). Tres estilos arquitectónicos conviven: shinden, de tipo doméstico, zen, en el segundo piso, y hokei, en el techo, rematando con un fénix de bronce. Los dos últimos pisos fueron cubiertos enteramente por planchas de oro. El pabellón de oro es la única pieza que sobrevive sin haber sido destruída o modificada luego de las guerras. Pero en el año 1951, sobreviene el fuego: Yoken Kayashi, un acólito del templo, (llamado por algunos “monje loco”) lo deja reducido a cenizas, intentando suicidarse después. Kayashi muere en prisión, cumpliendo su condena. Su madre, sumida en la vergüenza, se arroja de un tren en movimiento. En 1955, se realiza una réplica exacta del Kinkakuji, y en ese mismo año, Mishima se adueña del relato (¿imaginario?) de un destino, un destino de cenizas que brillan en el espejo interior de la belleza que más duele: la imposible.
“No veía el Pabellón de Oro. Solamente volutas de
humo,llamas que subían hacia el cielo. Nubes de chispas
caían entre los árboles,y el cielo, por encima del templo,
era como una constelación de granos de arena de oro.”
"Cuando se nos dice que fue el ruido de la rana lo que despertó a Basho a la verdad del zen, se puede entender (aunque esto sea todavía una manera de hablar demasiado occidental) que Basho descubrió en ese ruido, no ciertamente el motivo de una "iluminación", de una hiperestesia simbólica, sino más bien un final del lenguaje: hay un momento en el que el lenguaje cesa (momento obtenido a base de un refuerzo de ejercicios), y es este corte sin eco lo que instituye a la vez la verdad del zen y la forma, breve y vacía, del haiku. La negación del "desarrollo" es aquí radical, ya que no se trata de detener el lenguaje sobre un silencio pesado, lleno, profundo, místico, ni siquiera sobre un vacío del alma que se abriera a la comunicación divina (el zen no tiene dios); lo que se propone no debe desarrollarse ni en el discurso ni al final del discurso, lo que se propone es mate, y todo lo que puede hacerse con ello es tamizarlo; he aquí lo que se recomienda al ejercitante que trabaja un koan (o anécdota que le es propuesta por su maestro): no resolverlo, como si tuviera un sentido, ni siquiera percibir su absurdo (que sigue siendo un sentido), sino rumiarlo "hasta que se caigan los dientes" ".
Cree que el primero fue Isadora emprende el vuelo, de Erica Jong. Después le seguirían los trópicos de Miller (todos), Las tumbas de Medina, y aquellos incunables que lograba secuestrar. Estaban en el galpón, en cajas de remedios, llenos de polvo y colchas (ya no eran telas) de arañas. Los más inaccesibles estaban en la mesita de luz de papá… ¡infranqueables!, no había modo de hacerse con ellos, excepto entre alguna que otra salida al cine de papá y mamá, calculando bien el tiempo, y haciendo que miraba la peli de trasnoche que pasaban en canal nueve, a escondidas del abuelo (que, por supuesto, y como era de esperar, estaba al tanto de la extraña avidez de la niña de nueve años, la lectura prohibida). Por supuesto, no entendía nada. Por supuesto, no importaba la comprensión, sólo la caricia innata de los ojos curiosos sobre las letras.
Un día se descubrió el secreto. La niña plácidamente dormida en la cama matrimonial, velador encendido, tele con ruido blanco, y Sólo ángelesen el pecho…. creyó que era el final cuando despertó, y la mirada indagadora de papá se posaba en sus ojos. Le preguntó si sabía lo que estaba leyendo, y la niña respondió con un atisbo de argumento poco entendido.
-Este libro estuvo enterrado ocho años- dijo papá, paseando las manos por las hojas abultadas y deformadas por la humedad. Un recuerdo imborrable pasó fantasmalmente cerca de los dos, y la niña sintió un escalofrío. Supo que era mejor no preguntar. Supo que hay historias que se cuentan con retardo, o retardos que un día se hacen historia. Supo, simplemente, que algún día la avidez tendría nombre, y el recuerdo, el recuerdo su olvido.
No veía la hora de entrar. Temía que se notara en su cara, que lo notaran. Tenía miedo de delatarse sólo con un gesto, sólo con uno. Aquel que dijera que ya nada era ni sería igual. Aquel que dijera que lo vacío se había colmado por fin. Aquel que dijera que justamente ahora, desde la completud, el peligro del vaciamiento era indetenible. Era como no estar en ningún lugar, como flotar en un mar corporal donde los olores ya no serían los mismos.
Sintió, por primera vez, otro olor sobre su olor.
Por fin, y luego de esquivar las preguntas de rigor, pudo entrar y refugiarse. El universo de azulejos verdes la cobijó. Cerró la puerta y apoyó la espalda, cerró los ojos y sonrió. No sabe cuánto estuvo así, apoyada contra la madera rasgada de la puerta del baño, con la sonrisa pintada de eternidad. Se tocó, se sintió, y todo, todo era diferente. Y no. De golpe sintió una soledad abrumadora. Se miró al espejo y supo que ya no se pertenecía, ni a sí, ni a nadie. Supo del vacío por el vacío mismo. A pesar de albergar dentro de sí ese olor. Volvió sobre esa viscosidad, y supo que el recipiente contenedor no la contenía más.
Supo, por primera vez, cuán cruel puede ser la mirada del otro como espejo.