domingo, 7 de noviembre de 2010

Bordes

“¿Quién dice

que se nos murió todo

cuando se nos quebraron los ojos?

Todo despertó, todo comenzó.”

Paul Celan.


Quien sabe del horror escribe no sólo con su experiencia a cuestas,


no sólo con el dolor de saberse irreversible,


también lo hace sabiendo que hay una herida inabordable,


que se mete en el vientre y se acuna en el ombligo del tiempo.


Pero quien habla de su horror me apuñala los ojos,


me detiene el habla, esculpe mi silencio, lo moldea,


hasta hacerlo posible.


Y él puede al fin nombrarlo, y me pide respeto.


Que respete su horror.


Y me asomo a sus bordes hechos de vacío,


y paseo mis talones por lo irregular de sus formas,


y asomo la nariz para intentar oler una historia


que no es mía, pero que compartimos.


Y aprendo.


Aprendo como nunca,


que hay lugares del otro,


desvanecidos, rotos, solitarios.


Pero también aprendo,


que igual puedo,


sentarme en los bordes,


y dejar colgar mis pies.

sábado, 23 de octubre de 2010

Antes de dormir


¿Cuál era tu rostro antes de nacer?

Koan Zen.


Lo irresoluble de un rostro, el ajeno, y el propio, se estrellan ante cualquier intento de solución racional, discursiva, o atravesada por alguna cuestión ligada exclusivamente a un cierre perfecto. Una respuesta circular, redonda, sin fisuras, que siempre nos devuelva a lo seguro de saber qué es aquello que nos mira, y que miramos.

Siempre sentí una fascinación especial por esta pregunta, la pregunta por el rostro antes del rostro que invita al borramiento de todo signo, a la inexistencia de la pregunta, del rostro, y de lo propio que cuestiona.


Agua entre los dedos. Aire en los pulmones. Arena bajo los pies.


Visualizo hace tiempo ya, un rostro que se apoya, que es contenido, y soñado por su almohada. Y ya no me pregunto por el rostro antes del rostro, sino por el rostro antes del sueño: ¿cuál era mi rostro antes de dormir?

Michitaro Tada me despierta al recordarme una antigua leyenda japonesa que dice que mientras uno duerme, su espíritu abandona el cuerpo para depositarse en la almohada. Por eso los niños dormían junto a “la almohada del gato”, una almohada en la cual se hallaba pintado un gracioso gato, animal que mantiene alejados a los malos espíritus.


Qué bella imagen, la de un guardián de lo más íntimo sosteniendo nuestros sueños…


China y las almohadas de porcelana de la dinastía Tang, sugiriendo el primado de la belleza y delicadeza, por sobre la comodidad.


Sei Shonagon y la posibilidad de una almohada-libro. De entre todas las versiones en torno al porqué del título, Makura no soshi (Literalmente, El libro de la almohada), me quedo con la de la propia Sei, que, al ver a la emperatriz intentando deshacerse de unos cuadernos sin usar, le dice: “si fueran míos, los usaría como almohada”. Y así esta rígida almohada albergó incontables listas y relatos exquisitos.


No sé cuál es (o era) mi rostro antes de dormir. No tengo gatos que me protejan a zarpazos mientras estoy en otro lugar, pero sí algún que otro cuaderno en mi mesa de luz, y lápices negros que pueden llegar a escribirme en ese estado intermedio, en el cual el rostro se desdibuja, justo antes de que me duerma, y se rearma, un poco borroso, justo antes de despertar...



lunes, 27 de septiembre de 2010

Raku (樂)

(A Tato y a Rubén, por su sensibilidad, y por su invitación)


"La verdadera belleza solamente llega a descubrirla
aquel que mentalmente completa lo incompleto"
Kakuzo Okakura.


Volver a los bordes, después de tanto tiempo.

Palpar con la piel lo irregular de la carne, que se hace barro en un instante.

Acarici
ar desesperadamente un vacío, y meterlo entre los labios, apretado, y beber lo

incontenible, hasta que quede expuesto el dolor y el placer de saberse incandescente.

Volverse fuego, y tierra, y aire, y ser líquida otra vez.




Sentirme contenedoramente c
ontenida,

y quedar atrapada, girando eternamente en un cuenco sublime,

que sólo sabe devolverme al

m
ismo lugar, pero que ya es otro.

Espiar cómo el fuego provoca el brillo,

y el esmalte del tiempo pincelea, una vez más,

aquello que hay, en nosotros, de horrorosamente irrepetible.

martes, 24 de agosto de 2010

Alicias


Un instante más y Alicia había pasado a través del cristal y saltaba con ligereza dentro del cuarto del espejo.

Lewis Carroll, Alicia a través del espejo.


En mis manos, hoy, se derriten los espejos. He llegado a descubrir que este mundo se empecina en mostrarme mis propias construcciones de aquél otro mundo, el que un día creí ficticio, como real.

Y hay dos alicias que dibujan su rostro ante el espejo, que recorren con los dedos las líneas de sus rostros como si fueran infinitos, interminables, de lúdicas fronteras.

Se abre el libro y las letras invertidas se muestran y perciben con naturalidad. Y ya no se sabe quién escribe y quién lee, así como no se sabe quién derrama la tinta, y quién la recoge, devolviéndola a sus venas.

Pero Alicia sabe que hay otra Alicia. Y también sabe, que ante el espejo, se derriten la realidad y la ficción, y sólo queda ella.

Y su cristal.