martes, 10 de agosto de 2010

Buen Karma


Hoy terminé un artículo sobre el genocidio camboyano. Adjunté al trabajo casi veinte imágenes de Tuol Sleng, donde funcionó el centro de torturas, detención y exterminio S-21.

Las imágenes eran mías…

Lo eran, no porque hubiera tomado yo algunas de las fotografías, sino porque ser turista del horror hace que ciertos signos de la pertenencia me invadan repentinamente.

Signos que van, poco a poco, descamando una carne que en esta instancia busca la no repetición.

Por eso, la imagen (tomada por Guillermo) que elijo para cerrar esa marca instaurada, es ésta:



Los pájaros de What Phnom, que, dicen los camboyanos, si uno los libera, tendrán buen karma por siempre.

Y no me importa que haya que pagar por su liberación.

Y no me importa que me hayan contado que estos pájaros están entrenados para volver a su jaula y ser liberados por un nuevo turista incrédulo.

Me importa, únicamente, que ya no conocen fronteras.



martes, 27 de julio de 2010

Bailar la luna


“Tomo un frasco de vino y voy a beberlo entre las flores.

Siempre somos tres-con mi sombra y mi amiga la luna fulgente.

Por suerte, la luna no bebe y mi sombra ignora la sed.

Cuando canto, me escucha la luna en silencio.

Cuando danzo, danza mi sombra conmigo.

Siempre, después de una fiesta, los huéspedes deben partir:

No conozco yo esa tristeza.

Cuando vuelvo a la casa me acompaña la luna y mi sombra me sigue”

Li Po, La pequeña fiesta.




(A Victoria)

En un intento de crónica, me aventuro a narrar un cuerpo en perpetuo movimiento. Digo perpetuo, porque hasta cuando no se mueve, ondula. Y digo movimiento, porque cuando comienza su danza, el tiempo se detiene.

Las manos se retuercen, llegan hasta la boca, y se cierran, susurran un paisaje en secreto, y desaparecen luego en un giro eterno. De repente el círculo que es su cuerpo se violenta y se hace rigidez, se vuelve pared impenetrable, concreto gris que se rasga con las uñas, y brota la sangre.

Me invita a desesperarme

(a des-esperarme, a no querer esperarme más)

Y me pregunto: ¿cómo se baila la luna?

Y ella me enseña, y me muestra (quizás sin saberlo) que la luna se baila mientras se la bebe. Mientras nos hundimos en ella, en aquel bello reflejo que Li Po intentó abrazar, y en cuyo ahogo lumínico, sucumbió finalmente.

Y le pregunto: ¿cómo se baila la luna?

Y no me contesta,

Porque hoy, ella es la luna.


martes, 6 de julio de 2010

Instrucciones para pelar una mandarina



Otra vez el mundo gira allí. Ya lo he visto pelar miles de mandarinas, y el universo sigue manifestándose en cada gajo.

Primero la elige, si hay alguna madura en la pila, primero se come ésa, la más factible a desaparecer. Después la pela a cuchillo (el cuchillo que sólo usa para esa tarea), lentamente, entrecerrando los ojos por si salta algo de jugo al arrancar los trozos de cáscara. Con su gesto de pelar mandarinas: la punta de la lengua asomándose entre los labios.

Una vez que quitó toda la cáscara, comienza a remover todos los hilitos blancos (esos que mi abuela decía que eran buenos para el estómago…), uno por uno, sin quitar el que queda en el centro, al modo de una tapita, y uniendo todos los gajos, y debo reconocer que me pone muy nerviosa el hecho de estar esperando que lo quite, y no lo quita…

Después mete el cuchillo entre gajo y gajo, en aquellos intersticios que preservan los últimos rastros de naturaleza salvaje, y saca los hilos mínimos, casi imperceptibles, que han quedado.

Ahora la mandarina brilla naranja, apetitosa, abierta al deseo, sin disfraces, completamente desnuda y desprotegida. Pero la tapita blanca continúa allí, vaya uno a saber por qué mística razón.

Finalmente la mandarina se rinde a la presión de sus dedos y queda expuesta a su mirada de orgullo. Orgasmo frutal que dura lo que dura ese ver.

Mandarina en su pedestal cotidiano.


viernes, 25 de junio de 2010

Música para Ventanas al vacío

Nunca me habían leído con música de fondo. Nunca habían musicalizado mi escritura.
Hoy Sergio lo hizo.
Gracias.

miércoles, 23 de junio de 2010

Ventanas al vacío



Con la cabeza erguida

también el caracol

se me parece

Shiki.

Leí que Shiki, el poeta doliente, pasó gran parte de su vida postrado en una cama, pudiendo únicamente ver el acontecer del mundo a través de su ventana. La alusión al caracol en el haiku del comienzo parece ser una bellísima imagen simbiótica entre ambas cabezas, erguidas, curiosas, de salvaje y pasmosa lentitud.

Hoy, en el ómnibus, me asaltó una imagen. Una anciana muy pequeña y peinada con rodete espiaba a través de su ventana, mientras sostenía la cortina blanca con su mano izquierda. Por su postura estaba sentada, mirando pasar. Mirando como todo o nada pasaba. Y me asustó un poco el haber podido recordar tantos detalles en la fracción de segundo que tardó el ómnibus en pasar delante de su ventana. En ese mismo instante me acordé de Aurora, mi vecina, que vivía a la vuelta de casa, sobre Tarapacá. Aurora tenía un rostro enmarcado, era un cuadro. Y es que nunca nadie había visto a Aurora salir de su casa. Nadie la había visto de cuerpo entero. Aurora vivía su vida, y construía el universo, a través del marco de su ventana, que era de madera, pintada de blanco. Allí pasaba las horas, “chusmeteando”, decía mi abuelo.

Yo prefiero creer que Aurora emprendía un viaje maravilloso cada día, sin moverse de casa, o mejor dicho, moviendo su casa con su ventana como epicentro. Y siempre preferí creer (y ya casi estoy segura) que el estar ante la ventana no era ni fue, un estado de espera. No es el mismo “estar” de quien espera que alguien llegue, o constata que alguien efectivamente partió, sino que es el estar por estar (algo parecido al WU WEI, ese no obrar taoísta que nos permite participar del natural desarrollo de la vida, y que nos hace sentirnos atravesados por él).

Siempre me detuve en aquellas personas, excedidas de experiencias, con los rostros surcados y el cabello húmedo de narrativas, que, simplemente, se sientan a observar a través de sus cristales, con ese gesto de estar ante el vacío. Porque cuando los observo detenidamente, veo que están mirando “nada”. Sus ojos están en otro sitio, sus modos de ver, son modos de mirar un no lugar, y me da una terrible envidia. Siempre sentí que asistían al despertar natural de las cosas, que lo habían comprendido todo desde su ventana, que eran los testigos perfectos de la humanidad, porque ante el velo, lo habían rasgado para poder atestiguarse a sí mismos.


miércoles, 2 de junio de 2010

Nieblas


Se quiebra la niebla

El perfil del cielo

Es inasible desde aquí.

Sergio Sammartino.

Hoy leí Nieblas, de Sergio Sammartino, y olía a sahumerio. Era un aroma delicado, suave, pero a la vez penetrante, insistente, de esos aromas que llegan para quedarse, para invadir sin preguntar. Para penetrar cada cosa de mi hogar, y luego retirarse, como si nada, como la niebla.

Hoy leí Nieblas, de Sergio Sammartino, y me sentí envuelta, me sentí crisálida, y me crecieron alas. Sentí que el texto entero era un gran haiku, o un hexagrama adivinando mi destino, o un poema de Li Po asomado a la contratapa, agazapado, como la fiera que se recoge en sí misma para luego atacar, al modo en que Barthes intenta explicar su punctum.

Calmé mi karma, me encontré con tigres, escribí todas mis imágenes en sus espacios en blanco, lloré sobre la cabeza cortada de Mishima, me dolió todo el cuerpo al ver las hojas caídas de aquel árbol, me asomé a la ventana y ví las tardes, la noche, el sauce…

y me fui por ella.

Tengo una ventana

en el medio de la frente

para ir.

Sergio Sammartino