Conozco una mujer
que cree
poder volar
no quiere ver
ni planear
ni remontar
y sin embargo
cree poder volar

Maldita manía, la mía
guardar sobras en la heladera, por si acaso
¿Por si acaso qué?
por si acaso después
Como quedarse con alguien, por si
Por si funciona, por si nos queremos algún día
Por si volvemos a soñar lo mismo, en el mismo sueño, en la misma noche, en la misma cama, con el mismo cuerpo.
Por si nos encontramos en el rincón, o allá en el fondo, donde está el frasco con la única aceituna que sobró.
Por si nos pudrimos juntos, nos marchitamos, nos ponemos verdes, despedimos mal olor, nos convertimos en seres extraños, nos salen patas como a insectos inventados.
Mi heladera brilla.
Tiene espejos, y todo se duplica.
No necesito guardar más sobras, no necesitamos pudrirnos, ni despedirnos en aromas agotados.
Inventamos ese vacío contenedor donde la descomposición es un chiste que nos ríe a los dos.
Reverdecimos acuosos, líquidos y transparentes.
Nos resguardamos
Y tiramos, por fin, lo lleno que nos escondía.
La heladera vacía
Y plenos los dos.
Ciento cuarenta y seis relatos. Sumida en mi fascinación, cuando pienso que, además, convirtió en un breve relato a su novela País de nieve, no queda más remedio en mí que pasar de la fascinación al deleite absoluto.
La particularidad de estos relatos es que fueron escritos con la intención de “caber en la palma de una mano”, y así nacen los Tangokoro no Shosetsu (“relatos que caben en la palma de una mano”). Miro mi palma adentrándome en sus líneas y surcos, y pienso: ¿qué concepto de cuerpo se juega, se jugará, en un relato que pudiera caber allí?, ¿hay cuerpo?, ¿hay concepto?, ¿hay?. Maravillosa laceración que rasga, ensucia, y raya el cuerpo con tinta. Maravillosa laceración que irrumpe, que produce un corte en el tiempo y el espacio de esta comunión: la del cuerpo y la tinta convertidos en miembros que se buscan.
(Mi memoria fluye al film Escrito en el cuerpo, terrible obsesión por conservar un relato en el cuerpo del amante, conservar la piel inerte como un cuadro, inmóvil, eterna)
Pero mi mente fluye también a un concepto espacio-temporal de despliegue y repliegue, un haiku extenso, o una novela breve, o un relato que cabe en mi mano, ¿importa ya otorgarle un nombre?
A modo de despliegue, o de repliegue de sensaciones, a modo de pedazos de mi fragilidad, esa que estalla en mil fragmentos cual vasija de porcelana, transcribo a continuación uno de estos relatos. A quien sepa mirar, y descubrir entre mis manos…
“Yowaki Utsuwa
(La frágil vasija)
En una esquina de la ciudad había un local de objetos de arte. Y entre la calle y el frente del local una estatua de cerámica de la deidad budista Kannon[1], con la altura de una niña de doce años. Cuando el tren pasaba, el gélido cutis de Kannon se estremecía, al igual que el vidrio de la puerta del negocio. Cada vez que yo pasaba por allí, temía que la estatua se cayera. Este es el sueño que tuve:
El cuerpo de Kannon caía directamente sobre mí.
De pronto Kannon estiraba sus largos y blancos brazos, que hasta entonces pendían a lo largo de su cuerpo, y me envolvía el cuello con ellos. Yo saltaba hacia atrás con desagrado por lo sobrenatural de sus brazos inanimados cobrando vida y por el frío toque de su piel de cerámica.
Sin un ruido, Kannon se rompía en miles de fragmentos al costado de la calle.
Una muchacha recogía algunos de los pedazos. Se detenía un instante, pero rápidamente volvía a juntar los pedazos diseminados, los fragmentos de cerámica relucientes. Su irrupción me tomaba por sorpresa. Y cuando estaba por abrir la boca para ofrecer alguna disculpa, me desperté. Parecía que todo hubiera sucedido en el preciso instante posterior a la caída de Kannon.
Intenté una interpretación del sueño.
“Honra a la mujer tanto como a la más frágil vasija”. Desde entonces recuerdo este versículo de la Biblia[2] con frecuencia. Siempre establecí una asociación entre una “frágil vasija” y una vasija de porcelana. Y más tarde, entre ambas y la muchacha del sueño.
Nada tan frágil como una joven. En cierto sentido, el hecho de amar representa la caída de una muchacha.
Es lo que yo pienso.
Y así, en mi sueño, ¿no estaría la joven recogiendo apresuradamente los fragmentos de su propia caída?”
Yasunari Kawabata
“Historias en la palma de la mano”.
Le pone un marco a mi cara, ése que antes no podía, hace una cunita perfecta con sus manos, y me sostiene
Le pone un marco a mi emoción, a esas lágrimas que antes no estaban, y que ahora no paran de escapar.
Y es la medida perfecta.
Me mide a la distancia fingiendo un cuadrado con sus dedos, y me pinta, de memoria, como él dice.
Después me enmarca y yo me escapo del cuadro, y lo espío. Me río, y él.
Cómplices los dos? No lo sé. Pero está ahí, a pesar de sus errores.
Y pensar que era la muerte su ausencia, y sin querer, nos buscamos en lugares tan lejanos, en cuerpos tan banales.
Y es la medida perfecta.
Y es perfecta porque no se mide, porque el marco se abre, se desliza, se estira y se amolda a nuestros cuerpos.
Y es perfecta porque nos cae encima, sin querer, y no nos incomoda.
Y es perfecta porque no es cárcel. Porque cárcel ya fuimos los dos.
Living Room
Será verdad que no puedo escapar de mis cuartos. Quizás cambie la forma, el color, y hasta la sensación de libertad al pasar de uno al otro, pero todo se reduce por momentos a un escape eterno, pasando de cuarto en cuarto, siempre con la ilusión de abandonar la casa.
Las paredes sucias se me vinieron encima aquel día, todo me resultaba tan pero tan pequeño. No habían pasado tantos años en realidad, pero mi mente había realizado un prolijo y preciso trabajo de suspensión realmente envidiable. Una demolición espacial única. Había pactado con mi memoria, y ahora, ese pacto no existía. Sólo abrir la puerta y el cuarto pesado se me cayó encima. No sé qué pesó más. Si el olor a tabaco, a perro sucio, a persona sucia, o el volver a ese instante de la huída, eternamente repetido.
Todo estaba en el mismo lugar, y luché tanto, pero tanto contra aquella idea imposible. ¿Cómo puede ser?, ¿es realmente posible que las cosas no cambien, que sólo acumulen polvo, pero el recuerdo y la carga no cambien EN ABSOLUTO?.
Y sobrevino la inmovilidad, MI inmovilidad, aquella que no creía posible. El, no se había ido jamás. Ella, lo obligó a permanecer. Era ella en realidad, quien había muerto hace tiempo atrás, y el recuerdo de él parecía ser el único vestigio de vida en el lugar.
Yo ya no estaba, creo, no, sé, con total certeza, que nunca estuve allí.
(¿Cómo olería su vida?, era, para mí, tan cercano al olor de lo que debe ser la muerte…eso olían mis ojos).
Nunca estuvo nadie en el living room. Era el cuarto más vacío del mundo. Y el más pequeñito. ¿Porqué el concepto de espacio es tan amplio en la infancia?, todo es tan inmenso y el cuello duele de mirar siempre hacia arriba. Las rodillas siempre están sucias cuando uso la pollera rosa. Y el pelo me lo cortaron porque no me dejaba peinar, y parecía una “negrita de la villa”. Mejor cortar por lo sano, y cortarlo. Mejor cortar por lo sano, y encerrarla en el baño para que se le pase la rabieta, o sentarla en la sillita de mimbre roja en el rincón donde comía el colita, mirando la pared. Porque no quiero más chicos, porque vos viajás y yo estoy sola todo el mes. Con ella. Sola con ella. Por eso. Al rincón.