martes, 6 de julio de 2010

Instrucciones para pelar una mandarina



Otra vez el mundo gira allí. Ya lo he visto pelar miles de mandarinas, y el universo sigue manifestándose en cada gajo.

Primero la elige, si hay alguna madura en la pila, primero se come ésa, la más factible a desaparecer. Después la pela a cuchillo (el cuchillo que sólo usa para esa tarea), lentamente, entrecerrando los ojos por si salta algo de jugo al arrancar los trozos de cáscara. Con su gesto de pelar mandarinas: la punta de la lengua asomándose entre los labios.

Una vez que quitó toda la cáscara, comienza a remover todos los hilitos blancos (esos que mi abuela decía que eran buenos para el estómago…), uno por uno, sin quitar el que queda en el centro, al modo de una tapita, y uniendo todos los gajos, y debo reconocer que me pone muy nerviosa el hecho de estar esperando que lo quite, y no lo quita…

Después mete el cuchillo entre gajo y gajo, en aquellos intersticios que preservan los últimos rastros de naturaleza salvaje, y saca los hilos mínimos, casi imperceptibles, que han quedado.

Ahora la mandarina brilla naranja, apetitosa, abierta al deseo, sin disfraces, completamente desnuda y desprotegida. Pero la tapita blanca continúa allí, vaya uno a saber por qué mística razón.

Finalmente la mandarina se rinde a la presión de sus dedos y queda expuesta a su mirada de orgullo. Orgasmo frutal que dura lo que dura ese ver.

Mandarina en su pedestal cotidiano.


4 comentarios:

Crespi dijo...

Karen tiene esa increíble capacidad de volver maravilloso lo cotidiano. Eso es lo que en ella no dejará nunca de tenerme etimológicamente encantado.

miserenia breyer dijo...

Que bella forma de escribir, realmente me encantó...

Un gran abrazo

Karen dijo...

Muchas gracias!otro abrazo para vos...

Karen dijo...

Maxi…gracias, y por más encanto.