viernes, 29 de julio de 2016

miércoles, 3 de febrero de 2016

Acidez





La película comenzaba con un “mirarla dolía”. A veces mirar duele, pero que dejen de mirarte también, o que te miren de otro modo, o mucho. O poquito. Es la mirada. Y la verdad y la mentira, y que te digan algo y después resulta que no. Mirar. No ver. Y también decir.

Las horas que parecen segundos de una charla te hacen ver. Te hacen ver muchas cosas. Que hay una mano que nunca llega a acariciarte, pero sí llegan las letras delineadas. Que puede ser verdad eso de la cura por la palabra. Pero también que puede ser mentira que algo del orden de la escucha o la lectura pueda brindar confianza. La acidez combinada con el amor puede hacer desastres. Podés desaparecer.

jueves, 29 de enero de 2015

Casa










Una casa puede ser un paraguas debajo del cual refugiarse, aunque no llueva. O una parada de colectivo donde se filtre la luz y la oscuridad. O las manos ahuecadas, tapando los ojos, la cara, el viento y el horror. Pero nunca el cajón de las fotos olvidadas, el galpón al que no se puede entrar porque el techo se cae, o el armario que aún conserva  ese olor.
 O sí.

jueves, 16 de octubre de 2014

Kannazuki





En Japón, octubre es el mes en el cual los dioses se ausentan. Según el Shinto, durante este período los ocho millones de dioses (kami) abandonan sus propios templos para reunirse en uno de los más antiguos e importantes: Izumo-Taisha.
Octubre es también el mes del Momiji (arce), el mes del enrojecimiento de las hojas.
Los dioses no están, vacacionan, se divierten, socializan con sus pares. El arce se torna rojo, todo se torna rojo. Y conviven, armoniosamente, la ausencia y el enrojecimiento de la espera. 
Se puede esperar. El tiempo puede detenerse y sangrar, un instante, una eternidad, o lo que sea que duren las hojas antes de caer.

jueves, 28 de agosto de 2014

Performar










En el teatro kabuki*  los cambios de escenografía se realizan en medio de la ejecución de la obra. De repente aparecen los kuroko  (黒子), pequeños hombres vestidos de negro de pies a cabeza, y rápidamente comienzan a quitar y agregar distintos elementos a lo largo del escenario. Lo inverosímil, es que estos hombrecitos aparecen en medio de los personajes y circulan sin ser “notados”: es decir, para los espectadores y para los mismos actores son “invisibles”. Pero están allí, uno los ve, los acompaña con los ojos siendo testigos de la incorporación o ausencia de cada nuevo objeto.
Doble engaño: sabemos que están, hacemos como que no, cerramos los ojos sólo para imaginar un lugar vacío o un lugar atestado. Los abrimos para asistir a la magia de lo nuevo. Los vemos deslizarse en su propia oscuridad. Pero algo se nos hace fosforescente: en un momento dejan de estar.








*forma de teatro japonés tradicional caracterizado por un drama estilizado y el uso de elaborados maquillajes por parte de los actores

lunes, 11 de agosto de 2014

Abgrund




Imagen: Nicoletta Ceccoli





Debatir, 


suave y profundamente, 


si algo de esa presencia es sostenible.



 Oscilar,


 perpetuamente



 hacer silencio (ese que hace estallar piedras)



cerrarle los ojos al mundo



y a las manos que piden







quedar desterrada.

domingo, 9 de marzo de 2014

Vals





No hago genealogía cuando revuelvo esos desvanes
No me cubro de cenizas, no me vuelvo gris.
Bailo un poco con los muertos,  me enrosco en sus cuerpos
Aferro esos huesos tristes, y me hundo.

No hay historia. La memoria ni siquiera está enterrada, no está, nadie recuerda, ni a Ofelia, ni a Inés, ni a él. Hay agujeros que son abismos desmedidos. Vacíos de recuerdos, el mantel de hule y margaritas, los caracoles purgándose en polenta, su vestido abotonado, la casa de atrás sin terminar,  un gato jugando con un ovillo de lana blanca, ella que se enreda en mi cuerpo y se cae, se cae y ríe, porque soy chiquita y no puedo levantarla. Y se queda tirada en el piso hasta que llega el abuelo y me retan, me gritan, pero ella ríe y dice: no es nada. Mi madrina con los ruleros puestos horas antes de su casamiento. Mi pelo corto a lo varón porque no me dejo peinar. Los cancanes corridos de tanto tirar, pica, pica, le digo a mamá. El cuello con florcitas del vestido que me obligaron a vestir. No llores, dice Ofelia, no llores que ahora viene el vals. Y bailamos. Y nos sacaron esa foto,  estoy llorando, en sus brazos, bailando el vals.