
“Tomo un frasco de vino y voy a beberlo entre las flores.
Siempre somos tres-con mi sombra y mi amiga la luna fulgente.
Por suerte, la luna no bebe y mi sombra ignora la sed.
Cuando canto, me escucha la luna en silencio.
Cuando danzo, danza mi sombra conmigo.
Siempre, después de una fiesta, los huéspedes deben partir:
No conozco yo esa tristeza.
Cuando vuelvo a la casa me acompaña la luna y mi sombra me sigue”
Li Po, La pequeña fiesta.
(A Victoria)
En un intento de crónica, me aventuro a narrar un cuerpo en perpetuo movimiento. Digo perpetuo, porque hasta cuando no se mueve, ondula. Y digo movimiento, porque cuando comienza su danza, el tiempo se detiene.
Las manos se retuercen, llegan hasta la boca, y se cierran, susurran un paisaje en secreto, y desaparecen luego en un giro eterno. De repente el círculo que es su cuerpo se violenta y se hace rigidez, se vuelve pared impenetrable, concreto gris que se rasga con las uñas, y brota la sangre.
Me invita a desesperarme
(a des-esperarme, a no querer esperarme más)
Y me pregunto: ¿cómo se baila la luna?
Y ella me enseña, y me muestra (quizás sin saberlo) que la luna se baila mientras se la bebe. Mientras nos hundimos en ella, en aquel bello reflejo que Li Po intentó abrazar, y en cuyo ahogo lumínico, sucumbió finalmente.
Y le pregunto: ¿cómo se baila la luna?
Y no me contesta,
Porque hoy, ella es la luna.