
Me dijo un día, un día de esos en los cuales las tormentas son indetenibles, que los había contado. Sabía exactamente, de memoria, la cantidad de lunares alojados en mi espalda, y en mi rostro. Siete, como si nada, como si todos los días alguien te dijera eso. Son siete.
Me dijo un día, que nunca me lo había dicho. Pero que lo supo siempre. Cada detalle, cada porosidad, cada estría, cada pocito de celulitis! (pensé después).
Me dije un día, que es tan difícil imaginar lo que el otro ve de uno, y peor aún, lo que no se atreve a descubrir. Es tan difícil adivinar, divagar en un discurso imaginario lo que el otro calla, pero sólo porque no se manifiesta en el lenguaje. Enroscar como se enrosca un mechón de pelo en el dedo, un universo de miradas que nos tiene por protagonista.
Ser protagonista de la mirada del otro, ser piel y soporte de un vaciamiento disfrazado de silencio, de cosquillas furtivas que lo dicen todo, a quien sepa escuchar humedecido por el habla que susurra.
Y ayer nomás, advertir una vez más, redescubrir, pero de un modo y un no lugar completamente diferente, que aquel a quien he convenido llamar el otro, tiene nubes en la piel.