
Que el nombre no esté, o que esté desfigurado y rasgado por la tinta más impune de la historia, es un premio, y un castigo.
Pero la desaparición forzosa hace que la presencia sea desmedida en la escena no querida, y en las más ansiada y buscada, también.
Por ello creo que preguntarse por la abstención que el otro hace al no pronunciar ni con su voz ni con su letra nuestro nombre, es igual a saberse ya, de antemano, ubicado en el lugar en el que todo terror nos instala: la premacía absoluta.
A veces los que creemos castigos, nos premian con una ausencia que estalla en mil fragmentos de memorias, que no pasarán al desdén de ninguna historia.
A veces (siempre) estos castigos de aquellos que esgrimen discursos solapados de tan evidentes (o evidentes de tan solapados), nos regalan algo muy preciado: saber que nos tienen más que presentes, saber que el borramiento les pega de atrás, en la oreja, y luego en la mano, que duele de tanto borrar.
Saber que aunque no quieran, estamos.