
¿Quién está cortando el césped con una bordeadora a las cuatro de la mañana ?- me preguntan desde la cama, sorprendidos los sentidos del recién llegado.
Contesto, entre risas, inundada de ternura- no es una bordeadora, son las semi.
Luego de años bajo tierra (creo que hasta siete), despiertan a la vida, y se adueñan de los árboles. Nacen a la instantaneidad, viviendo tan sólo dos semanas. Nacen al sonido, a la frescura veraniega que sólo en Japón puede apreciarse en los oídos. Nacen como símbolo, para perecer como símbolo: nos abren los sentidos al hakanai, al reino de lo efímero. Centenares de especies, y centenares de sonidos diferentes que todos los habitantes reconocen a la perfección.
Ahhh, se escucha en boca de todos, llegaron las semi, llegó el verano, y su frescura.
El sonido, para quienes son ajenos a una geografía que tiene su centro en la captación de todos sus anuncios estacionales, es ensordecedor. La frescura es imposible de captar, el sueño, más que dificultoso de conciliar ante un coro de semi que sólo se silencian al amanecer.
Pero a lo largo de las estaciones y sus signos, me veo atravesada por la comprensión, y más tarde, por la anulación de todo sentido.
A lo largo de las estaciones, puedo empezar a reconocer, a conocer, a ver, que un grito veraniego, puede atravesar las piedras, que un sonido que anuncia, puede atravesar(me).
Apago el ventilador, me tiro en el piso,
y trato de escuchar.
Shizukasa ya
Iwa ni shimiiru
Semi no Koe
La calma
penetrando en las rocas
el grito de la cigarra
Basho.